pueblo romano, y aquéllos, después de la victoria que de ellos alcanzó Escipión, y de haber sido castigados con la pérdida del imperio del mar y con un grande tributo en dinero, se habían obligado a serlo con solemnes tratados. Como encontrase, pues, aquella ciudad no maltratada y empobrecida como se figuraban los Romanos, sino brillante en juventud, abastecida de grandes riquezas, llena de toda especie de armas y municiones de guerra, y que acerca de estas cosas no pensaba con abatimiento, parecióle que no era sazón aquélla de que los Romanos se cuidaran de arreglar los negocios y la recíproca correspondencia de los Númidas y Masinisa, sino más bien de pensar en que si no tomaban una ciudad antigua enemiga, a la que tenían grandemente irritada, y que se había aumentado de un modo increíble, volverían pronto a verse en los mismos peligros. Regresando, pues, sin tardanza, hizo entender al Senado que las anteriores derrotas y descalabros de los Cartagineses no habrían disminuído tanto su poder como su inadvertencia; y era de temer que no los hubiesen hecho más débiles, sino antes más inteligentes en las cosas de la guerra, pudiéndose mirar los combates con los Númidas como preludios de los que meditaban contra los Romanos; y, por fin, que la paz y los tratados eran un nombre que encubría sus disposiciones de guerra, mientras esperaban la oportunidad.
XXVII. Después de esto, dícese que Catón arrojó de intento en el Senado higos de Africa,