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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo IV (1919-1921).pdf/218

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bía sido el ejército, sino el general. Completaron, pues, las legiones y alistaron con prontitud nuevos soldados, y hablando de la guerra confiada y decididamente, dejaron a Pirro sorprendido. Determinó, por tanto, enviar quien tantease si se hallaban con disposiciones de paz: haciendo la cuenta de que el tomar a Roma y enseñorearse de elladel todo no era negocio hacedero, y menos para la fuerza con que se hallaba, y que la paz y los tratados, después de la victoria, contribuían en gran manera para su opinión y fama. Fué el embajador Cineas quien procuró acercarse a los más principales, llevando regalos de parte del rey para todos ellos y para sus mujeres. Mas nadie los recibió, sino que todos y todas respondieron que, hechos los tratados con la autoridad pública, de los bienes de cada uno podría disponer el rey a su voluntad, dándose en ello por servidos. Con el Senado usó Cineas de un lenguaje muy conciliador y humano, y, sin embargo, no se mostraron contentos ni dieron señales de admitir las proposiciones, por más que les dijo que Pirro devolvería sin rescate los que habían sido hechos cautivos en la guerra y les ayudaría a sujetar la Italia, sin pedir por todo esto otra cosa que paz y amistad para sí y seguridad para los Tarentinos. Había manifiestos indicios de que lois más cedían y se inclinaban a la paz por haber sufrido ya una gran derrota y temer otra de fuerzas mucho mayores, después de incorporados con Pirro los Italianos. A esto Apio Claudio, varón muy distinguido, pero