batalla, para lo que, poniendo en movimiento su ejército, y alcanzando a los Romanos junto a la ciudad de Asculo, fué de éstos impelido a lugares inaccesibles a la caballería y a un sitio muy pendiente y poblado de matorrales, que quitaba toda facilidad para que los elefantes se unieran con la hueste; y habiendo tenido muchos muertos y heridos, sólo la noche puso fin al combate.
Pensó entonces de qué modo al día siguiente haría la guerra en lugar llano, en el que los elefantes pudieran oponerse a los enemigos, y como para ello ocupase, con una gran guardia, los malos pasos, y colocase entre los elefantes multitud de azconeros y saeteros, acometió con gran ímpetu y fuerza, llevando su hueste muy espesa y apiñada. Los Romanos, no siendo dueños, como antes, de los desfiladeros y puestos ventajosos, acometieron también de frente en la llanura; y procurando rechazar a los pesadamente armados antes que sobreviniesen los elefantes, tuvieron con las espadas un terrible combate contra las lanzas, no curando de sí en ninguna manera, ni atendiendo a otra cosa que a herir y trastornar, sin tener en nada lo que padecían.
Al cabo de mucho tiempo dícese que la retirada tuvo principio en el punto donde se hallaba Pirro, que acosó extraordinariamente a los que tenía al frente; mas el principal daño provino del ímpetu y fuerza de los elefantes, no pudiendo los Romanos usar de su valor en la batalla; por lo cual, como si una ola o un terremoto los es