ternación; marchó, pues, con más celeridad, penetrando por entre su caballería, que no sin dificultad y con gran peligro andaba por las alcantarillas, de que está llena aquella ciudad. Era suma la inseguridad de los que ejecutaban y de los que mandaban en un combate nocturno, y había extravíos y dispersiones en los pasos estrechos, sin que la pericia militar sirviera de nada por las tinieblas, por los gritos confusos y la estrechez del sitio; por tanto, casi nada hacían, esperando unos y otros la mañana. Apenas empezó a aclarar, sorprendió ya a Pirro ver que el Escudo estaba lleno de armas enemigas, y se asustó, sobre todo cuando, notando en la plaza diferentes monumentos, descubrió entre ellos un lobo y un toro de bronce en actitud de combatir uno con otro; porque esto le trajo a la memoria un oráculo antiguo por el que se le había predicho que moriría cuando viese un lobo que peleaba con un toro. Dicen los Argivos que esta ofrenda es para ellos recuerdo de un suceso antiguo, porque a Danao, cuando puso primero el pie en aquella región, junto a los piramios de la Tircátide (1), se le ofreció el espectáculo de un lobo que peleaba con un toro. Supuso, allá dentro de sí, que el lobo le representaba por cuanto siendo extranjero acecha a los naturales, como a él le pasaba—, y con (1) La Tircátide era un territorio confinante con la Laconia, por el que hubo muchas disensiones entre Argivos y Lacedemonios; y los piramios un término o pago de este territorio.
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