tierra; y junto a la embocadura del río Liris, donde forma una ensenada pantanosa, echaron áncoras, proponiéndole que bajase a tierra a tomar alimento y reparar las fuerzas, que tenía decaídas, hasta que hubiese viento; que le había a la hora acostumbrada, calmándose el mar, y soplando de la laguna una brisa suave, la que era suficiente. Persuadido Mario, se prestó a ejecutarlo, y sacándole los marineros a tierra, reclinado sobre la hierba, estaba bien distante de lo que le iba a suceder; vueltos aquéllos a la nave, levantaron áncoras y huyeron, creyendo que ni era cosa honesta el entregar a Mario, ni segura el salvarle. Falto así de todo auxilio humano, permaneció largo tiempo inmóvil, tendido en la ribera; mas al fin, recobrándose con suma dificultad, empezó, en medio de su aflicción, a dar algunos pasos sin camino, y pasando por pantanos profundos y por zanjas llenas de agua y cieno, arribó a la cabaña de un anciano encargado de la laguna. Arrojóse a sus pies, y le rogó que se hiciese el protector y salvador de un hombre que, si evitaba la calamidad presente, podría recompensarle más allá de sus esperanzas. El anciano, o porque ya le conociese, o porque a su vista concibiese idea de que era un hombre extraordinario, le dijo que para tomar reposo podría bastar su chocilla; pero que si andaba errante por huir de algunos, él le ocultaría en lugar en que pudiese estar con la mayor tranquilidad. Rogóle Mario
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