tes, siendo como un viento impetuoso que llenó la ciudad de la gloria de su nombre; corrió, en efecto, la voz de que un varón griego, admirable hasta el asombro, agitándolo y conmoviéndolo todo, había inspirado a los jóvenes un ardor extraordinario, que, apartándolos de todas las demás ocupaciones y placeres, los había entusiasmado por la filosofía.
Estos sucesos fueron agradables a los demás Romanos, que veían con gusto que los jóvenes se aplicasen a la instrucción griega y comunicasen con tan admirables varones; pero Catón, a quien desde el principio había sido poco grato el que fuese cundiendo en la ciudad la admiración de la elocuencia, por temor de que los jóvenes, convirtiendo a ella su afición, prefiriesen la gloria de hablar bien a la de las obras y hechos militares, cuando llegó a tan alto punto en la ciudad la fama de aquellos filósofos y se enteró de sus primeros discursos, que a solicitud e instancia suya tradujo ante el Senado Cayo Acilio, varón muy respetable, tomó ya la resolución de hacer que con decoro fueran todos los filósofos despedidos de la ciudad. Presentándose, pues, al Senado, reconvino a los cónsules sobre que estaba detenida, sin hacer nada, una embajada compuesta de hombres a quienes era muy fácil persuadir lo que quisiesen: por tanto, que sin dilación se tomara conocimiento y determinara acerca de la embajada, para que éstos, volviendo a sus escuelas, instruyesen a los hijos de los Griegos, y los jóvenes Romanos sólo oyesen como antes a las leyes y a los magistrados.