nal, y por medio de éstos le proporcionó un sitio en el que, sentado, pudiera oír cómodamente los discursos. Estuvo aquel día muy feliz Calistrato, y fué sumamente admirado, con lo que excitó en Demóstenes el deseo de gloria, por ver que eran muchos los que le acompañaban y le daban enhorabuenas; pero en el discurso, lo que más admiró fué una fuerza propia para allanarlo y vencerlo todo. Dando por tanto de mano a todas las demás enseñanzas y ocupaciones juveniles, él mismo se ejercitaba por sí y trabajaba con empeño a fin de ser él también uno de los oradores. Aun tuvo con todo por maestro de elocuencia a Iseo, sin embargo de que entonces Isócrates tenía escuela, o porque, como dicen algunos, no pudiese pagar a Isócrates el salario prefijado, que era de diez minas, a causa de su orfandad, o, lo que es más probable, porque prefiriese para su intento la elocuencia de Iseo, como más propia para la acción y más acomodada a las tretas del foro. Mas Hermipo escribe haberse encontrado unos comentarios anónimos, en los que se decía que Demóstenes asistió a la escuela de Platón, lo que le fué utilísimo para la elocuencia, y cita además a Ctesibio, quien había dicho que, habiendo adquirido Demóstenes por medio de Calias Siracusano y algunos otros las lecciones de retórica de Isócrates y Alcidamante, las encomendó a la memoria.
VI.—Llegado a la mayor edad, empezó a litigar con sus tutores y a escribir alegatos contra ellos, porque encontraban continuamente tergiversaciones y medios dilatorios; así, a fuerza de ejercitarse,