Antonio, en cambio, venció a Casio, no faltando, sin embargo, quienes escriban que Antonio no se halló en la batalla, sino que después de ella alcanzó a los que perseguían a los enemigos. A Casio, Píndaro, uno de sus más fieles libertos, a petición y ruego suyo lo pasó con la espada, porque no sabía que Bruto había quedado vencedor. Al cabo de pocos días se dió otra batalla, y siendo vencido Bruto, se quitó la vida, debiéndose principalmente a Antonio la gloria de este triunfo: bien que César se hallaba a la sazón enfermo. Puesto ante el cadáver de Bruto, por un momento le echó en cara la muerte de su hermano Cayo, a quien la había dado Bruto en Macedonia en venganza por Cicerón; pero diciendo que más bien que Bruto era culpable Hortensio de la muerte del hermano, mandó que Hortensio fuese pasado a cuchillo sobre su sepultura; y encima del cadáver de Bruto arrojó su manto de púrpura, que era de grandísimo precio, y encargó a uno de sus propios libertos que cuidara de darle sepultura. Supo más adelante que éste no había quemado el manto con el cadáver, y que había escatimado alguna parte de la suma que se decía invertida en el entierro, e hizo darle muerte.
XXIII. — Después de estos sucesos, César se restituyó a Roma, creyéndose que, según su debilidad, su vida no sería larga; pero Antonio, dirigiéndose a las provincias de Oriente para adquirir fondos, pasó por la Grecia al frente de un numeroso ejército, porque, habiendo prometido a cada soldado cinco mil dracmas, se veía en la precisión de re-