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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo IX (1919-1921).pdf/225

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marchitaba al lado de la de César, y le aconsejaba que se alejara cuanto más pudiera de aquel joven.

«Porque tu genio—le decía—teme al suyo; y siendo festivo y altanero cuando está solo, se queda tamañito y abatido luego que aquél parece»; y los hechos parece que venían en apoyo del Egipcio.

Porque si se echaban suertes sobre cualquiera cosa a ver a quién le tocaba, o si jugaban a los dados, siempre era Antonio el que perdía. Echaban muchas veces a reñir gallos o codornices adiestradas, y siempre vencían los de César: con lo que recibía manifiesto disgusto Antonio; y bien por esta causa, o más bien por haber dado oídos al adivino, marchó de la Italia, dejando al cuidado de César sus cosas domésticas; aunque a Octavia la llevó en su compañía hasta la Grecia, habiendo ya tenido en ella una niña. Hallábase de invernada en Atenas cuando le llegaron las nuevas de las victorias de Ventidio, a saber: que había derrotado a los Partos en una batalla, en la que habían muerto Labieno y Farnapates, que era el mejor general de los del rey Hirodes. Por estos sucesos dió un banquete público a los Griegos, y combates a los Atenienses; para lo que, dejando en casa las insignias del mando, salió en ropa y calzado de confianza, con las batas de que usan los presidentes de los juegos, y por sí mismo separó, tomándolos del cuello, según costumbre, a los jóvenes combatientes.

XXXIV. —Habiendo de partir para la guerra, tomó una corona del olivo sagrado, y llenando, según cierto oráculo, un odre lleno de agua de la