y juntándose con el rey de los Medos en el río Arajes, dar desde allí principio a la guerra.
LIII.—Queriendo Octavia navegar desde Roma a unirse con Antonio, se lo permitió César; los más creen que no por condescender con su deseo, sino para que, desatendida y abandonada, diera causa justa para la guerra. Llegada a Atenas, recibió carta de Antonio en que le daba orden de permanecer allí, hablándole de la expedición. Sintiólo Octavia, y no dejó de conocer el pretexto; pero, con todo, le escribió, preguntándole adónde quería que le enviase los efectos que le traía: eran gran copia de vestuario para los soldados, muchas acémilas, caudales y regalos para los caudillos y amigos que tenía a su lado, y fuera de esto, dos mil soldados escogidos para las cohortes pretorianas, equipados de las más primorosas armaduras. Dióle de esto noticia, enviado al efecto por ella, un tal Niger, amigo de Antonio, el que añadió los más completos como los más debidos elogios. Mas llegó a entender Cleopatra que Octavia iba a ponerse en contraposición con ella, y temerosa de que, uniendo a la gravedad de sus costumbres y al poder de César la dulzura del trato y la complacencia a voluntad de Antonio, se le hiciera invencible y del todo se apoderara de éste, fingió que estaba perdida de amores por Antonio; y para ello debilitaba el cuerpo con tomar escaso alimento, y en su presencia ponía la vista como espantada, y cuando se apartaba de ella, caída y triste. Hacía de modo que muchas veces se la viera llorar, y de repente se VIDAS.—T. IX.