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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo IX (1919-1921).pdf/263

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senta, y tripuló las mejores y de más porte, desde las de tres hasta las de diez órdenes, embarcando en ellas veinte mil infantes y dos mil ballesteros.

Dícese que uno de aquellos infantes, hombre que era de los que hacían de guías en la formación y que había sostenido muchos combates a las órdenes de Antonio, teniendo su cuerpo pasado de heridas, exclamó en presencia de éste, y dijo: «¿Por qué, ¡oh emperador!, desconfías de estas heridas. y de esta espada, y pones tus esperanzas en unos malos leños? Peleen en el mar los Egipcios y Fenicios; pero a nosotros danos tierra, en la que estamos acostumbrados a mantenernos a pie firme hasta morir o vencer a los enemigos.» Y que a esto nada respondió Antonio, y sólo con la mano y el rostro pareció exhortarle a que tuviera buen ánimo, y pasó de largo, no estando él mismo muy confiado; pues que queriendo los capitanes de las naves dejar las velas, los precisó a embarcarlas y llevarlas, diciendo que no se debía dejar escapar a ninguno de los enemigos que huyese.

LXV. En aquel día y en los tres siguientes, alterado el mar con un recio viento, impidió el combate; pero al quinto, restituída la calma y la serenidad, se prepararon a él. Tenían Antonio y Publícola el ala derecha; Celio, la izquierda, y en el centro se hallaban Marco Octavio y Marco Insteyo. César dió a mandar el ala izquierda a Agripa, tomando para sí la derecha. Formadas a la orilla del mar unas y otras tropas de tierra, mandadas las de Antonio por Canidio y las de César por Tau-