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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo IX (1919-1921).pdf/279

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nos y teniendo en ella clavados los ojos. Porque la obra no fué tampoco fácil para unas pobres mujeres, sino que Cleopatra misma, alargando las manos y descolgando demasiado el cuerpo, con dificultad pudo tomar el cordel, animándola y ayudándole los que se hallaban abajo. Luego que le hubo recogido de esta manera y que le puso en el lecho, rasgó sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su sangre, le llamaba su señor, su marido y su emperador, pudiéndose decir que casi se olvidó de los propios males, compadeciendo y lamentando los de Antonio. Hízola éste suspender el llanto, y pidió le dieran un poco de vino, o porque tuviera sed, o esperando acabar así más presto. Bebió, y la exhortó a que, si podia ser sin ignominia, pensara en salvarse, poniendo de los amigos de César su mayor esperanza en Proculeyo; y en cuanto a él, que no llorase por las mudanzas que acababa de experimentar, sino que antes le tuviese por dichoso, a causa de los grandes bienes que había disfrutado, pues había llegado a ser el más ilustre y de mayor poder entre los hombres; y si entonces era vencido, lo era noblemente romano por romano.

LXXVIII. En el momento mismo de expirar llegó Proculeyo de parte de César; pues luego que Antonio, habiéndose herido mortalmente, fué llevado adonde se hallaba Cleopatra, uno de los ministros que le asistían, llamado Derceteo, tomó y ocultó su espada, y se fué corriendo a César, para