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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo IX (1919-1921).pdf/57

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se decía entre los Romanos de sus hechos y cómo se pensaba acerca de ellos, pareciéndole que toda la ciudad había de estar llena de su nombre y de la gloria de sus hazañas; y aquél le respondió fríamente: Pues dónde has estado este tiempo, Cicerón?» Y añade que entonces decayó enteramente su ánimo, viendo que, habiéndose perdido en la ciudad como en un piélago inmenso la conversación que de él se hubiese hecho, nada había ejecutado que para la gloria hubiese tenido mérito; y habiendo entrado consigo en cuentas, rebajó mucho de su ambición, considerando que el trabajar por la gloria era obra infinita y en la que no se hallaba término. Mas, sin embargo, el alegrarse con extremo de que lo alabasen y ser muy sensible a la gloria lo conservó hasta el fin, y muchas veces fué un estorbo para sus más rectas determinaciones.

VII. Mas, al fin, entregado al gobierno con demasiado empeño, tenía por cosa muy censurable que los artesanos, que sólo emplean instrumentos y materiales inanimados, no ignoren ni el nombre, ni el país, ni el uso de cada uno; y el político, que para todos los negocios públicos tiene que valerse de hombres, proceda con desidia y descuido en cuanto a conocer los ciudadanos. Por tanto, no sólo se acostumbró a conservar sus nombres en la memoria, sino que sabía en qué calle habitaba cada uno de los principales, qué posesiones tenía, qué amigos eran para él los de mayor influjo y quiénes eran sus vecinos; y por cualquiera parte que Cicerón caminara de la Italia podía sin detenerse expresar VIDAS.—T. IX.