peligro que de ellos le amenazaba, pues que no se darían por contentos si se les imponía alguna pena, aunque no fuera la de muerte, sino que se arrojarían a todo, reforzada su perversidad antigua con el nuevo encono, y además él mismo se acreditaría de cobarde y flojo, cuando ya no tenía opinión de muy resuelto.
XX. Mientras Cicerón se hallaba combatido con estas dudas las mujeres en el sacrificio que ha cían observaron un portento, porque el ara, cuando parecía que el fuego estaba ya apagado, de la ceniza y de algunas cortezas quemadas levantó mucha y muy clara llama; las demás se mostraron asustadas, pero las sagradas vírgenes dijeron a Terencia, mujer de Cicerón, que fuera cuanto antes en busca de su marido y le exhortara a poner por obra lo que tenía meditado en bien de la patria, pues la diosa había dado aquella gran luz en salud y gloria del mismo. Terencia, que por otra parte no era encogida ni cobarde por carácter, sino mujer ambiciosa, y que, como dice el mismo Cicerón, más bien tomaba parte en los cuidados políticos del marido que la daba a éste en los negocios domésticos, marchó al punto a darle parte de lo sucedido, y lo incitó contra los conspiradores, ejecutando lo mismo Quinto su hermano, y de los amigos que tenía con motivo de su estudio en la filosofía, Publio Nigidio, de cuyo consejo se valía principalmente en los asuntos políticos de importancia. Tratándose, pues, al día siguiente en el Senado del castigo de los conjurados, Silano, que fué el primero a quien se pre-