que a ellos solos se les hiciera la guerra cuando todo lo demás estaba en paz. Al retirarse de la provincia pasó algún tiempo en Rodas, y también con gran placer se detuvo en Atenas por el desco de sus antiguos estudios. Trató, pues, a los hombres más célebres de aquel tiempo por su sabiduría, saludó a sus amigos y conocidos y, admirado de la Grecia, según su sobresaliente mérito, volvió a Roma a tiempo que las agitaciones de la república, como tumor próximo a reventar, estaban a punto de romper en la guerra civil.
XXXVII.—Habiéndosele decretado el triunfo, dijo en el Senado que le sería muy dulce seguir a César en la pompa después de hechas las paces, y en particular daba consejos a César escribiéndole continuamente, e interponía ruegos con Pompeyo, procurando templar y apaciguar a uno y a otro.
Mas cuando ya llegó el caso del rompimiento, y viniendo César contra Roma Pompeyo no lo aguardó, sino que abandonó la ciudad, y con él muchos y muy principales ciudadanos, no habiéndose decidido Cicerón a esta fuga, se creyó que abrazaba el partido de César. Y no tiene duda que estuvo batallando consigo y meditando mucho sobre a cuál de los dos se inclinaria; porque escribe en sus cartas: A qué lado me volveré cuando Pompeyo tiene para la guerra el motivo más glorioso y honesto, pero César se ha de conducir mejor en esta terrible crisis y ha de saber hacer más por su salud y por la de sus amigos? De manera que sé de quién he de huir, mas no a quién me estará mejor el aco-