no es de ahora, ni a él me ha traído la compasión por Cleombroto, sino que desde tus aflicciones y tu destierro el llanto ha sido siempre mi comensal y mi compañero. ¿Y qué es lo que me corresponde ahora hacer, después que tú has vencido y vuelto a reinar en Esparta? ¿Continuar en estos desconsuelos, o tomar ropas brillantes y regias y desentenderme de mi primero y único marido, muerto a tus manos? El cual, si nada te suplica ni te persuade por medio de las lágrimas de sus hijos y su mujer, todavía sufriría una pena más amarga de su indiscreción que la que tú deseas, con ver que yo, a quien ama tanto, muero antes que él. Porque, ¿cómo podrá vivir ante las demás mujeres la que nunca pudo alcanzar compasión ni del marido ni del padre, y que mujer e hija parece que no han nacido sino para las desgracias y las deshonras de los suyos? Y si éste pudo tener alguna razón plausible, yo se la quité uniéndome contigo y dando testimonio contra lo que ejecutaba; pero tú ahora haces más disculpable su injusticia, mostrando que el reinar es tan grande y tan digno de ser disputado, que por él es justo dar muerte a los yernos y no hacer caso de los hijos.
XVIII. Después de haberse lamentado Quilonis de este modo, reclinó su cabeza sobre el hombro de Cleombroto, y volvió sus ojos lánguidos y abatidos con el pesar a las circunstantes.
Leonidas habló con los de su partido, y concedió a Cleombroto que se levantara y saliera desterrado; pero rogó a la hija que se quedara, y no abando-