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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo VIII (1919-1921).pdf/215

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alcanzar en ella una señalada victoria, con gran carnicería de los bárbaros, y hacer su muerte más gloriosa, la que se verificó, como es más natural, y lo dice Filarco, de resultas de habérsele reventado la apostema con los gritos que dió durante el combate; aunque en los corrillos se decía que, prorrumpiendo de gozo después de la victoria en esta exclamación: «Oh, qué glorioso día!», arrojó gran cantidad de sangre, y levantándosele una fuerte calentura, murió. Mas baste esto de Antígono.

XXXI.—Cleomenes, navegando de Citera, tocó en otra isla, que era la de Egialia, de donde estaba para pasar a Cirene, cuando uno de sus amigos, llamado Terición, varón de grande aliento para las empresas, y en sus expresiones altivo y arrogante, hallándole a solas, le hizo este razonamiento: «La muerte para el hombre más gloriosa la desdeñamos en el combate, sin embargo de que todos nos habían oído decir que Antígono no sería vencedor del rey de los Espartanos, como lo fuera después de muerto; pues la ocasión de la otra muerte, que a aquélla es segunda en fama y en virtud, tenémosla ahora en nuestra mano. ¿Por qué, pues, navegamos a la ventura, huyendo de la que tenemos tan cerca, para ir a buscarla lejos?

Porque si no es una afrenta que sirvan a los su cesores de Filipo y Alejandro los descendientes de Hércules, nos ahorraríamos una larga navegación con entregarnos a Antígono, que tanto se ha de aventajar a Tolomeo cuanto a los Egipcios los Macedonios. Y si nos desdeñamos de sujetarnos a