en él a la ciudad? Nosotros, aunque ellos quieran, no debemos permitir a éstos que se pierdan, y para esto es para lo que hemos admitido el mando.» Destruída Tebas, como pidiese Alejandro que puestos a su disposición Demóstenes, Licurgo, Hiperides y Caridemo, la junta puso al punto los ojos en Foción, y llamado muchas veces por su nombre, se levantó, tomó por la mano a uno de sus amigos, al más íntimo que tenía, y a quien más amaba, y dijo: «Han puesto la república en tal precipicio, que yo, aun cuando pidiera a este Nicocles, sería de dictamen que se le entregase; pues por lo que hace a mí mismo, si se tratase de que muricra por vosotros, tendríalo a grande dicha.
Me compadezco—continuó—, oh Atenienses, de éstos que de Tebas se han acogido a nosotros; pero básteles a los Griegos el llorar por Tebas. Más vale, pues, persuadir y rogar por unos y otros a los que tienen la superioridad que contender con ellos.» El primer decreto hecho en este sentido se dice que Alejandro lo tiró luego que lo tomó en la mano, volviendo el rostro, y retirándose sin escuchar a los embajadores; pero recibió el segundo, que fué llevado por Foción, a causa de haber oído de los más ancianos de su corte que Filipo tenía de él el más alto concepto, y no sólo le dió entrada y escuchó sus súplicas, sino que recibió benignamente sus consejos, reducidos a que, si apetecía el descanso, diera de mano a la guerra, y si le inflamaba deseo de gloria, dejando a los Griegos, se encaminara contra los bárbaros. Díjole también