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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo VIII (1919-1921).pdf/63

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dole éste: «Porque, aunque le aborrecen mucho, todavía le temen niás», le repuso al punto: «¡Pues por qué no me das a mí una espada para libertar de esclavitud a la patria quitándole de en medio?

Al oír Sarpedón estas palabras, vió que le centeileaban los ojos, y que su encendido semblante estaba hieno de ira y furor, y concibió tal miedo que de allí en adelante estuvo siempre con cuidado y en observación de que no cometiera algún arrojo.

Era todavía niño pequeñito cuando, a los que le preguntaban a quién quería más, respondió que a su hermano; volvieron a preguntarle: «¿Y luego?», y la respuesta fué igualmente que a su hermano; volvieron la tercera, cuarta y más veces, hasta que, cansados, no le preguntaron más. Después, con la edad, todavía se fortificó y creció este amor al hermano, porque ya era de veinte años, y jamás había cenado, viajado o salido a la plaza sin Cepión. Mas si éste pedía ungüentos, él no los admitía, y en todo lo relativo al cuidado de la persona era rígido y severo; así con ser Cepión objeto de maravilla por su parsimonia y moderación, reconocía que tenía este mérito si se le quería medir con los demás; «pero cuando comparo mi método de vida —decía con el de Catón, entonces me parece que en nada me diferencio de Sipio», nombrando a uno de los que tenían fama entonces en Roma de más muelles y afeminados.

IV.—Nombrado Catón sacerdote de Apolo, mudó ya de casa; y habiendo tomado la parte que le cupo de los bienes paternales, que ascendían a