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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo VIII (1919-1921).pdf/65

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sino que fué varonil, llena y concisa. Además, res plandecía en ella una gracia seductora, que hacía oír con gusto lo cortado y breve de las sentencias, y su carácter, unido con aquella gracia, conciliaba a la misma severidad un placer y halago que le quitaba lo repugnante. Su voz tenía extensión, y era cual se necesitaba para alcanzar a todo un auditorio tan numeroso, pues estaba dotada de una fuerza y firmeza que nada la quebrantaba o disminuía: porque hubo ocasiones en que, habiendo hablado por todo un día, no se le notó cansancio.

En ésta ganó el pleito, y se volvió otra vez a su silencio y a sus ejercicios, porque trabajaba el cuerpo en ocupaciones de fatiga, y se había acostumbrado a sufrir el calor y el frío con la cabeza descubierta, y a caminar a pie en toda estación sin llevar ningún carruaje, y yendo a caballo los amigos que con él viajaban, ora se llegaba a uno, ora a otro, haciéndoles conversación, marchando él a pie mientras los otros iban como se deja dicho. En las enfermedades eran admirables su sufrimiento y sobriedad; así, cuando tenía calentura, se estaba enteramente solo, no dejando que entrase nadie hasta que se sentía aliviado y restablecido de su indisposición.

VI. En los banquetes sorteaba las porciones, y aunque no le cupiese la primera, rogábanle los amigos la tomase; mas él les decía que eso no estaba bien, pues que Venus había querido otra cosa (1).

(1) La suerte más feliz en los convites era la que se llamaba de Venus; y tal era respecto de las porciones la que señalaba quien había de tomar el primero.