rando los principios de grandes novedades, y calumniaba ante el pueblo a varios sacerdotes y sacerdotisas, entre las que corrió gran peligro Fabia Terencia, hermana de la mujer de Cicerón; a Clodio lo precisó a ausentarse de la ciudad, dejándolo confundido de vergüenza, y a Cicerón, que le daba las gracias, le dijo que éstas no se debían sino a la república, porque por ella lo hacía y disponía todo. Adquirió con esto suma gloria, tanto, que un orador, como no tuviese contra sí en la causa más que la deposición de un solo testigo, dijo a los jueces que dar fe a un testigo solo no sería justo, aun cuando fuese Catón; y muchos, ya en las cosas extraordinarias e increíbles, solían decir como por proverbio: «Eso no se puede creer, aunque lo diga Catón.» Un ciudadano, notado de muy mala conducta y de muy dado al regalo, elogiaba un día en el Senado la sobriedad y la templanza; y levantándose Amneo: «¿Quién ha de poder sufrir—le dijo que cenando como Craso y edificando como Lúculo nos vengas a hablar como Catón?» Y, en general, a los que, siendo desarreglados e intemperantes, afectaban en sus palabras gravedad y severidad, los llamaban por burla Catones.
XX. Incitábanle muchos a que pidiera el tribunado de la plebe; pero él no tenía por conveniente que la eficacia y actividad de esta insigne magistratura, semejante a un medicamento fuerte y poderoso, se consumiese en negocios de poca entidad; y pudiendo entonces respirar de los de