además de esto escoger entre los senadores quince en calidad de legados suyos, para mandar en las provincias, tomar del erario y de los publicanos cuanto dinero quisiese y disponer de doscientas naves, siendo árbitro para formar las listas de la tropa del ejército, de las tripulaciones, de las naves y de la gente de remo. Leído que fué este proyecto, el pueblo lo admitió con el mayor placer; pero a los más principales y poderosos del Senado, si bien les pareció fuera de envidia un poder tan indefinido e indeterminado, tuviéronlo por muy propio para inspirar recelos, por lo que se opusieron a la ley, a excepción de César, que la sostuvo, no por contemplación a Pompeyo, sino para empezar a ganarse y atraerse el pueblo. Los derás hicieron fuerte resistencia a Pompeyo, y como el uno de los cónsules le dijese que si se proponía imitar a Rómulo no evitaría tener el propio fin que aquél, corrió gran peligro de que la muchedumbre le hiciese pedazos. Presentóse Catulo en la tribuna, y como el pueblo le miraba con respeto, guardó moderación y compostura; pero cuando después de haber hablado largamente en elogio de Pompeyo les aconsejó que miraran por él, y no expusieron a continuas guerras y peligros un hombre tan importante; porque "¿A quién acudiréis—les dijo—si éste llega a faltaros?", "A ti"—exclamaron todos a una voz.
Catulo, pues, viendo que nada había adelantado, calló, presentándose después Roscio, nadie quiso oírle; hacíales, sin embargo, señas con las de-