patria, que le tendía las manos por verse escarnecida y en servidumbre de los esclavos y aduladores de los tiranos. Mas Pompeyo creía que ni para su gloria conducía el huir segunda vez de César y ser perseguido pudiendo perseguir, ni era justo abandonar a Escipión ni a los demás consulares esparcidos por la Grecia y la Tesalia, que al punto habían de venir a poder de César con grandes caudales y muchas tropas, y que el mejor modo de cuidar de Roma era el que la guerra se hiciese lejos de allí, para que, libre y exenta de males, esperara al vencedor.
LXVII. Tomada esta resolución, marchó en seguimiento de César, con ánimo de rehusar batalla, contentándose con cercarle y quebrantarle por medio de la falta de víveres, yéndole siempre al alcance, lo que juzgaba también conveniente por otro respecto; había efectivamente, llegado, a sus oídos la especie, difundida entre la caballería, de que sería del caso, después de deshecho César, acabar también con él mismo, y aun algunos dicen que por esta razón no se valió Pompeyo de Catón para ninguna cosa de importancia, sino que al partir contra César lo dejó en la costa del mar encargado del bagaje, no fuera que, quitado César de en medio, quisiera al punto obligarle a que depusiera el mando. Viéndole andar de este modo en pos de los enemigos, se le culpaba públicamente de que no era a César a quien hacía la guerra, sino a la patria y al Senado, para mandar siempre y no dejar de tener por sus criados y satélites a los que eran dig-