partir con él. Hallábase Clito haciendo un sacrificio, y dejándolo marchó allá al punto, y tres de las reses, sobre las que había hecho libación, le siguieron. Entendió esto el rey y comunicó el caso con los adivinos Aristandro y Cleomantes, de Lacedemonia, los cuales dijeron ser aquélla mala señal; el rey mandó que inmediatamente se sacrificara por Clito; porque hacía tres días que él mismo había tenido entre sueños una visión extraña: habíale parecido que veía a Clito sentado, con vestido negro, entre los hijos de Parmenión, que todos eran muertos. Clito no se había prevenido con el sacrificio, sino que sin dilación marchó a cenar con el rey, que había sacrificado a los Dióscuros. Bebióse largamente, y se empezaron a cantar los versos de un tal Pranico, o, según dicen otros, de Pierión, compuestos para escarnio y burla de los generales vencidos poco antes por los bárbaros. Lleváronlo a mal los ancianos, y profirieron denuestos contra el poeta y contra el cantor; pero Alejandro le oía con gusto y mandaba que continuase. Clito, ya demasiado caliente con el vino, y que de suyo era pronto e insolente, se incomodó, diciendo no ser del caso que entre bárbaros y enemigos se tratara de afrentar a unos Macedonios que valían harto más que los que de ellos se burlaban, aunque hubiesen sido desgraciados. Repuso Alejandro que Clito hacía bien, y sentía con él en llamar desgracia a la cobardía; a lo que, puesto ya en pie Clito: "Pues esta cobardía le dijo—te salvó a ti, descendiente de los
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