que muy poco antes se le había aparecido Serapis, le había quitado las cadenas y conduciéndole a aquel sitio le había mandado tomar la estola y la diadema, sentarse y callar.
LXXIV. Cuando esto oyó Alejandro, lo que es del hombre aquel dió fin, como los agoreros se lo proponían; pero decayó de ánimo y de esperanzas con respecto a los dioses y empezó a tener a todos los amigos por sospechosos. Temía principalmente de parte de Antipatro y de sus hijos, de los cuales Iolas era su primer escanciador, y Casandro hacía poco que había llegado; y habiendo visto a unos bárbaros hacer el acto de adoración, como hombre que se había criado al estilo griego, y nunca había visto cosa semejante, se echó e reír desmandadamente, de lo que Alejandro concibió grande enojo, y asiéndole por los cabellos le golpeó la cabeza contra la pared. En otra ocasión, queriendo Casandro hablar contra unos que acusaban a Antípatro, le interrumpió y "¿Qué dices?"—le preguntó¿Crees tú que hombres que no hubieran recibido ningún agravio habían de haber andado tan largo camino para calumniar?" Y replicándole Casandro que esto mismo era señal de que calumniaban, tener tan lejos la redargución y el convencimiento, se echó a reír Alejandro; y "Estos mismos son—le dijo—los sofismas de Aristóteles para argüir por uno y por otro extremo: tendréis que sentir como se averigüe que les habéis agraviado en lo más mínimo." Dícese, por fin, que fué tal y tan indeleble el miedo que se infundió en el ánimo de