ranía, pues que a lo suelto y libre del mando de uno solo se juntaba la perpetuidad. Cicerón, en el Senado, hizo la primera propuesta acerca de los honores que se le dispensarían, y éstos eran tales que no excedían la condición humana; pero añadiendo los demás exceso sobre exceso, por querer competir unos con otros, hicieron que el objeto de tales honores se hiciera odioso e intolerable, aun a los más sufridos, por la extrañeza y vanidad de los honores decretados; en la cual contienda no anduvieron más escasos que los aduladores de César los que le aborrecían, para tener después más pretextos contra él y a fin de que pareciese que por mayores cargos se movían a perseguirle; sin embargo de que en lo demás, después de haber puesto fin a las guerras civiles, se mostró irreprensible; y así parece que no fué sin razón el haber decretado en su honor el templo de la Clemencia, como prueba de gratitud por su bondad.
Porque perdonó a muchos de los que habían hecho la guerra contra él, y aun a algunos les concedió honores y magistraturas, como a Bruto y Casio, que ambos eran pretores; ni miró con indiferencia el que las imágenes de Pompeyo yaciesen derrocadas por el suelo, sino que las levantó; sobre lo cual dijo Cicerón que César, volviendo a colocar las estatuas de Pompeyo, había asegurado las suyas. Instábanle los amigos para que tuviera una guardia y algunos se ofrecían a ser de ella; pero jamás convino en tal pensamiento, diciendo que más vale morir una vez que estarlo temiendo