su ejercicio en las armas, su elegancia en el decir, su igualdad de costumbres y su afabilidad en el trato; porque a ninguno se le pedía con menos reparo ni nadie manifestaba más placer en que se le pidiese, yendo los favores libres de toda molestia cuando, los otorgaba y acompañados de cierta gravedad cuando los recibía.
II. Su aspecto fué desde luego muy afable y que le conciliaba atención aun antes que hablase; era amable con dignidad, sin que ésta excluyese el parecer humano, y en la misma flor y brillantez de la juventud resplandeció ya lo grave y regio de sus costumbres. Además, el cabello, un poco levantado, y el movimiento compasado y blando de los ojos daban motivo más bien a que se dijese que había cierta semejanza entre su semblante y los retratos de Alejandro, que no a que se percibiese en realidad; mas por ella empezaron muchos a darle este nombre, lo que él al principio no rehusaba; pero luego se valieron de esto algunos para llamarle por burla Alejandro; hasta tal punto, que, habiendo tomado su defensa Lucio Filipo, varón consular, dijo, como por chiste, que no debía parecer extraño si se mostraba amante de Alejandro siendo Filipo. Dícese de la cortesana Flora que, siendo ya anciana, solía hacer frecuente mención de su trato con Pompeyo, refiriendo que no le era dado, habiéndose entretenido con él, retirarse sin llevar la impre sión de sus dientes en los labios. Añadía a esto que Geminio, uno de los más íntimos amigos de