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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo VI (1919-1921).pdf/120

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le amenazaban, por miedo hubo de partir, sin decir más que estas palabras: "Vosotros, Octavio, Petronio y todos los caudillos romanos que estáis presentes, sois testigos de la necesidad de esta partida, y sabéis por qué cosas tan violentas y afrentosas se me hace pasar; mas con todo, si llegáis a salvaros, decid ante todos los hombres que Craso pereció engañado de los enemigos, no entregado a la muente por sus ciudadanos." XXXI. No pudiendo contenerse Octavio, bajó del collado con Craso, quien despidió a los lictores, que también le seguían. De dos bárbaros, los primeros que salieron a recibirle fueron dos Griegos mestizos que le hicieron acatamiento, apeándose de los caballos; y, saludándole en lengua griega, le propusieron que enviara personas que vieran cómo Surenas y los que traía consigo venían sin armas de ninguna especie; mas Craso les respondió que, si tuviera en algo la vida, no habría venido a ponerse en sus manos. Con todo, envió a dos hermanos, llamados Roscios, a informarse de cuántos eran los que venían y con qué objeto. Surenas, al punto, les echó mano y los detuvo, siguiendo a caballo con los principales de los suyos; y "¿Cómo es esto—gritó—, un general de los Romanos viene a pie y nosotros montados?", mandando que sin dilación le trajesen un caballo. Contestándoles Craso que ni uno ni otro faltaban, concurriendo cada uno, según la costumbre de su patria, dijo entonces Surenas que ya estaba hecho el tratado y la paz entre el ney Hirodes y los Romanos, pero que habían de lescri-