Sertorio llevarlo en paciencia, y hallándose reunidos en un mismo campamento, los hizo asaetar a todos, que no bajaban de cuatro mil.
VI. Falleció luego Mario; Cina fué muerto de allí a poco, y Mario el joven se arrogó, contra la voluntad de Sertorio y con quebrantamiento de las leyes, el consulado; las Carbones, los Norbanos y los Escipiones hacían tibiamente la guerra a Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por cobardía y desidia de los generales, y otras por traición se malograban. En este estado era inútil su presencia para unos negocios enteramente desesperados, por el poco tino de los que tenían en sus manos el poder. Por colmo de desorden, Sila, que tenía su campo al frente del de Escipión y hacía correr la voz de que se gozaría de paz, corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno y advirtió a Escipión, no pudo hacérselo entender. Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para España, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados.
Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y exacciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; mas él, no poniendo la atención en lo que a éstos les parecía una vergüenza. "Lo que compro—les respondióes la ocasión, que es lo que más suele escasear a los