entonces, volviendo a su primer modo de pensar, y reconociendo la mudanza que los negocios habían tenido, cayó de ánimo y escribió a los Atenienses, pidiendo que le enviaran otro ejército, o retiraran aquél de la Sicilia, y en cuanto a sí, rogó que le exoneraran del mando, a causa de su enfermedad.
XX. Aun antes de esto, habían intentado los Atenienses enviar nuevas fuerzas a Sicilia; pero, por envidia de la prosperidad con que la fortuna había hasta aquel punto lisonjeado a Nicias, lo habían ido dilatando; mas, entonces se apresuraron a mandar los socorros. Estaba dispuesto que, pasado el invierno, marchara Demóstenes, con un poderoso ejército; pero, entre tanto, en el rigor de aquella estación dió la vela Eurimedonte, lle vando caudales y la designación de los colegas de Nicias en el mando, tomados de los que allí hacían la guerra: eran éstos Eutidemo y Menandro. A este tiempo tentó Nicias repentinamente, por mar y por tierra, la suerte de los combates, y aunque al principio tuvo en el mar algún descalabro, con todo rechazó y echó a pique muchas de las naves enemigas; pero no habiendo podido por sí mismo adelantar por tierra sus socorros, cargó precipitadamente Gilipo, y tomó a Plemirio, donde, hallándose los efectos del arsenal y otra infinidad de enseres, de todo se apoderó, dando muerte a no pocos y haciendo a otros cautivos; pero lo más fué haber quitado a Nicias la proporción del acopio de víveres, porque éste era su-