y compareció grande en estos reencuentros; tanto, que Sila, cuando entraba Pompeyo, se levantaba, se descubría la cabeza y le saludaba con el dictado de emperador; distinciones de que no solía usar ni con varones más ancianos que él, ni con sus colegas. Quemábase e irritábase Craso con estas cosas, sin embargo de que era justamente postergado, porque le faltaba pericia, y quitaban el valor a sus hazañas las ingénitas pestes que le acompañaban siempre, a saber: su ansia de adquirir y su sordida codicia; así es que, habiendo tomado en la Umbría la ciudad de Tuder, fué acusado ante Sila de que se había apropiado la mayor parte del botín. Luego, en la batalla de Roma, que fué la más encarnizada y decisiva, Si'a fué vencido, habiendo sido rechazado y deshechos no pocos de los que estaban a su lado; mas Craso, que mandaba el ala derecha, venció a los enemigos, y habiéndolos perseguido hasta entrada la noche, envió a pedir a Sila cena para sus soldados y le anunció la victoria; pero en las proscripciones y subastas volvió a desacreditarse comprando grandes rentas a precio muy bajo y pidiendo dádivas. En la Calabria se dice que proscribió a uno, no de orden de Sila, sino por codicia, por lo que, reprobando éste su conducta, no volvió a valerse de él para ningún negocio público. Tenía la partida de ser tan diestro para ganarse las gentes con la adulación, como sujeto a que con la adulación se le llevaran de calles. Era otra de sus propiedades, según se dice, el que, siendo el más
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