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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo VI (1919-1921).pdf/93

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dispuestos a impedir la marcha y levantar alboroto, los contuvo verle al lado de aquél con semblante risueño; de manera que, sin el menor obstáculo, los dejaron pasar. Ateyo, con todo, se les puso delante, y primero le dió en voz, tomando testigos, la orden de que no partiese, y después mandó al ministro que le echara mano y lo detuviera.

Impidiéronlo los otros tribunos: así el ministro no llegó a asir a Craso; pero Ateyo corrió a la puerta y puso en ella una escalfeta con lumbre, y cuando llegó Craso, echando aromas y haciendo libaciones, prorrumpió en las imprecaciones más horrendas y espantosas, invocando y llamando por sus nombres a unos dioses terribles también y extraños.

Dicen los Romanos que estas imprecaciones detestables y antiguas tienen tal poder, que no puede evitarlas ninguno de los comprendidos en ellas, y que alcanzan para mal aun al mismo que las emplea, por lo que ni son muchos los que las profieren, ni por ligeros motivos. Así, entonces, reconvenían a Ateyo de que hubiese atraído sobre da república, por cuya causa se había manifestado contrario a Craso, semejantes maldiciones y semejante ira de los dioses.

XVII.—Manchó, pues, Craso, y llegó a Brindis; y sin embargo de que el mar estaba todavía agitado de tormenta, no se detuvo, sino que se hizo a la vela, perdiendo muchos buques. Recogió las fuerzas que le habían quedado, y por tierra siguió su viaje, atravesando la Galacia. Allí vió al rey Deyotaro, que, siendo ya de edad avanzada, estaba