mil caballos e igual número de tropas ligeras.
En esto vinieron a darle parte algunos de los exploradores de que el país estaba desierto de hombres; pero se advertían huellas de gran número de caballos, y que, mudando de dirección, se habían vuelto atrás; con esto se encendieron más las esperanzas en Craso, y los soldados empezaron también a mirar con desprecio a los Partos, como que no eran hombres para venir con ellos a las manos; pero Casio volvió, sin embargo, a representar a Craso que sería bueno recoger las tropas y darles descanso en una ciudad fortificada hasta tener noticias más ciertas de los enemigos; o cuando no, marchar a Seleucia constantemente por la margen del río, pues con esto los transportes, que no se apartarían nunca de la vista del campamento, los surtirían abundantemente de provisiones, y sirviéndoles el río mismo de defensa para no ser cortados, podrían pelear siempre con igual ventaja contra los enemigos.
XXI. Cuando Craso estaba reflexionando y consultando acerca de estas cosas, sobrevino un príncipe árabe llamado Ariamnes, hombre doloso y astuto, y que entonces fué para ellos el mayor y más consumado mal de cuantos para su perdición amontonó la fortuna. Acordábanse algunos de los que habían servido con Pompeyo de que había disfrutado de su favor y tenía concepto de ser amante de los Romanos. Arrimóse entonces a Craso por dictamen de los generales del rey, para que viera si acompañándolo podría llevarlo lejos