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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo V (1919-1921).pdf/115

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de los proscriptos y haber confiscado sus bienes.

Proscribíase no sólo en Roma, sino en todas las ciudades de Italia, no estando inmunes y puros de esta sangrienta matanza ni los templos de los Dioses, ni los hogares de la hospitalidad, ni la casa paterna, sino que los maridos eran asesinados en los brazos de sus mujeres y los hijos en los de sus madres. Y los entregados a la muerte por encono y enemistades eran un número muy pequeño respecto de los proscriptos por sus riquezas; así, los mismos ejecutores solían decir de los que perecían, como cosa corriente: a éste le perdió su magnífica casa; a aquél, su huerta; al otro, las aguas termales. Quinto Aurelio, hombre retirado de negocios, a quien de aquellos males no cabía más parte que la que por compasión pudiera tomar en los de algunos que sufrían, yendo a la plaza, leyó la tabla de los proscriptos, y hallando su nombre: "Miserable de mí!—exolamó; lo que me persigue es mi campo del monte Albano"; y a pocos pasos que había andalo fué muerto por uno que iba en su seguimiento.

XXXII.—En esto, Mario, estando ya para caer prisionero, se dió a sí mismo muerte; y Sila, pasando a Preneste, al principio los juzgaba y castigaba de uno en uno; pero después, no estando de tanto vagar, los reunió en un punto a todos, que eran doce mil, y mandó que los pasaran a cuchillo, no perdonando a otro que a su huésped; pero éste le respondió, con grandeza de alma, que por amor a la vida no sobreviviría a la ruina de