solentándose Lépido contra Pompeyo, le hizo la guerra.
XXXV. Consagró Sila a Hércules el diezmo de toda su hacienda, y daba al pueblo banquetes sumamente costosos, siendo tan excesivas las prevenciones, que todos los días se arrojaba al río gran cantidad de manjares, y se bebía vino de cuarenta años, y más añejo todavía. En medio de uno de estos convites, que se prolongó por varios días, murió de enfermedad Metela, y como los pontífices no permitiesen a Sila que entrase a verla, ni que la casa se contaminase con el funeral, le envió por escrito el desistimiento de su matrimonio; y en vida todavía mandó que la trasladaran a otra casa, en lo que guardó escrupulosamente, por superstición, lo prevenido en la ley; pero en cuanto a los gastos del entierro no se contuvo dentro de los términos de lo que él mismo había establecido, no perdonando gasto alguno. Traspasó también lo que había prescrito en otra ley acerca de la profusión en los banquetes, procurando templar el llanto con festines y francachelas de mucho negalo y festejo. Hubo de allí a pocos meses espectáculos de gladiadores, y cuando no estaban todavía distribuídos los asientos, sino que hombres y mujeres se hallaban mezclados y confundidos en el teatro, casualmente le cupo estar sentada junto a Sila a una mujer al parecer decente y de casa principal. Era, efectivamente, hija de Mesala, hermana de Hortensio el orador, de nombre Valeria, y hacía poco que se había se-