parado de su marido. Al pasar por detrás de Sila alargó hacia él la mano, y arrancando un hilacho de la toga, se dirigió a su puesto. Volviéndose Sila a mirarla con aire de extrañeza, "Nada hay de malo le dijo, oh general!, sino que quiero yo también tener alguna partecita en tu dicha." Oyólo Sila con gusto, y aun se echó de ver claramente que le había hecho impresión, porque al punto se informó reservadamente de su nombre y averiguó su linaje y conducta. Siguiéronse después ojeadas de uno a otro, frecuente volver de cabeza, recíprocas sonrisas, y, por fin, palabra y conciertos matrimoniales, de parte de lla quizá no vituperables; para Sila, aunque por lo demás se enlazó con una mujer púdica e ilustre, el origen de este enlace no fué modesto ni decente, dando lugar a que se dijese que se había dejado enredar, como un mozuelo, de una mirada y un cierto gracejo, de que suelen originarse las pasiones más desordenades y vergonzosas.
XXXVI. A pesar de tener a ésta en casa, hacía mala vida con cómicas, con guitarristas y con hombres de la escena, bebiendo con ellos desde antes del anochecer, recostados en lechos; porque éstos eran entonces los que gozaban de todo su favor: Roscio, el cómico; Sorix, jefe de los histriones, y el disoluto Metrobio, cuyos amores conservó siempre sin negarlo, aun después que éste estuvo fuera de edad. De aquí fué el fomentar, sin advertirlo, una enfermedad que empezó de ligera causa, habiendo ignorado por lar-