bien sea que antepusiese a todo bien privado y común el mantenerse fiel a Sila, o bien que no quisiese dar oídos a un hombre abominable como Fimbria, manchado por disputa de mando con la sangre de un general y amigo suyo, o bien, finalmente, que por disposición superior se hubiera reservado para sí a Mitridates, manteniendo en vida a este antagonista, lo cierto es que no condescendió. Así le proporcionó a Mitridates el poder evadirse por mar y burlarse de todo el poder de Fimbria, y él entonces lo primero que hizo fué batir y destrozar las naves del rey, que se habían aparecido en Lecto, promontorio de la Troade; y después, viendo que Neoptolemo navegaba con mayor aparato por la parte de Tenedos, se adelantó allá él solo, montando una galera rodia de cinco órdenes, de la que era capitán Damágoras, hombre muy adicto a los Romanos y muy ejercitado en los combates navales. Movió Neoptolemo con grande ímpetu, y como diese orden al timonero de que dirigiera para un fuerte choque, temiendo Damágoras el peso de la nave real y la punta de su bronceado espolón, no se atrevió a oponérsele de proa, sino que, dando prontamente la vuelta, maniobró para que el choque fuese por la popa, con lo que el golpe que por aquella parte recibió fué sin daño alguno, por haber recaído en la parte de la nave metida en el agua. Llegaron en esto los suyos, y, dando orden Lúculo para que su nave se volviese de frente, después de haber ejecutado hazañas dig-
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