formada, partió con ella al Asia, donde se hizo cargo de las demás tropas que allí existían, las cuales todas estaban corrompidas con el regalo y la codicia; y además, las llamadas Fimbrianas, por la costumbre de la anarquía y el desorden, habían perdido enteramente la disciplina: porque estos mismos soldados eran los que con Fimbria habían dado muerte a Flaco, cónsul y general, y los que después habían puesto a Fimbria en manos de Sila: hombres insubordinados y violentos, aunque, por otra parte, buenos militares, sufridos y ejercitados en la guerra. Con todo, Lúculo, en muy breve tiempo, supo contener la insolencia de éstos y traer a los otros al orden, pues, según parece, hasta entonces no habían servido bajo el mando de un verdadero general, sino que se les había lisonjeado y dejado hacer su gusto para mantenerlos en la milicia. Por lo que hace a los enemigos, su estado era el siguiente: Mitridates, a la manera de los sofistas, al principio ostentoso y hueco, se había presentado contra los Romanos con unas tropas endebles en sí, aunque brillantes y de grande pompa a la vista; pero, después de vencido y escarnecido con este escarmiento, cuando hubo de volver a la lid, ya ordenó y dispuso su ejército de manera que pudiera obrar y le fuese útil; porque, removiend de él la muchedumbre indisciplinada de gentes, aquellas amenazas de los bárbaros hechas en diferentes lenguas, y el aparato de armas doradas y guarnecidas con piedras, más propias para ser
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