escuchado, porque todos estaban entregados a buscar en qué cebar la codicia, y agitaban las armas con grande vocerío; tanto, que, violcntado de este modo, hubo de cendescender con su deseo, por si así libertaría a la ciudad del incendio; mas ellos hicieron todo lo contrario: pues mientras todo lo registran con hachas, llevando fuego por todas partes, quemaron las más de las casas; de manera que, entrando Lúculo a la mañana siguiente, se echó a llorar, hablando así a sus amigos: "Muchas veces consideré la felicidad de Sila; pero hoy es cuando principalmente admiro su buena dicha; pues queriendo salvar a Atenas, fué bastante poderoso para conseguirlo; y yo, cuando deseaba aquí imitarle, algún mal Genio me ha hecho incurrir en la mala opinión de Mumio." Esforzóse, sin embargo, en reparar la ciudad de aquella calamidad; por un feliz acaso, una lluvia que sobrevino al tiempo mismo de ser tomada apagó el incendio; y él, sin salir de allí, reedificó el mayor número de casas arruinadas, dió acogida a los Amisenos que habían huído y establecimiento a los demás Griegos que quisieron acudir, señalándoles un término de ciento veinte estadios. Era esta ciudad colonia de los Atenienses, fundada en aquellos felices tiempos en que floreció su poder, teniendo el dominio del mar; y aun por esto, muchos, huyendo de la tiranía de Aristón, trasladándose allá por mar, fijaron en ella su residencia, sucediéndoles que, por evitar los males propios, tuvieron que sufrir los ajenos. De
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