Dispuso también que a toda costa se le levantara un suntuoso y magnífico monumento, habiéndose encontrado muchas preciosidades y oro y plata en los palacios de Zabierno, en los que había, además, trescientas mil fanegas de trigo, de lo que se aprovecharon los soldados; Lúculo tuvo la gloria de que, sin tomar ni un dracma del erario público, con la misma guerra sostenía los gastos de ella.
XXX. Allí también recibió embajada del rey de los Partos, pidiéndole amistad y alianza, cosa muy grata a Lúculo, quien a su vez envió otra embajada al Parto; pero los mensajeros le descubrieron que éste quería estar a dos haces, y que secretamente pedía a Tigranes la Mesopotamia por precio de sus socorros. Luego que lo entendió Lúcule, resolvió dejar por entonces a un lado a Tigranes y Mitridates como rivales ya humillados, y probar sus fuerzas con la de los Partos, marchando contra ellos: teniendo a gran gloria, con el ímpetu de una sola guerra, postrar uno tras otro, como un atleta, a tres reyes, y salir invicto y triunfante de los tres más poderosos caudillos que había debajo del Sol. Envió, pues, cartas al Ponto, a Sormacio y a los demás jefes, mandándole traer aquellas tropas para mover de la Gordiena; pero aquellos jefes, que ya antes habían hecho alguna experiencia de la indocilidad e inobediencia de los soldados, entonces recibieron pruebas de su absoluta insubordinación, pues no pudieron encontrar medio alguno, ni de blandura ni de violencia, para hacerles marchar, y