modadas al gusto de unos hombres a quienes no faltaba ni la voluntad ni la costumbre de sublevarse, porque éstos mismos eran los que antes había concitado Fimbria para que, asesinando al cónsul Flaco, se eligiera general. Así, oyeron con gran placer a Clodio, a quien llamaron amante del soldado, porque supo fingir que se compadecía de su suerte: "A causa—les decía—de no verse ningún término de tantas guerras y tantos trabajos, sino que, peleando con todas las naciones y rodando por toda la tierra, en esto era en lo que habían de gastar su vida; sin servirles de otra cosa estas expediciones que de escoltar los carros y camellos de Lúculo, cargados de preciosas alhajas de oro y pedrería. No así los soldados de Pompeyo, que, restituídos ya a la clase de pacíficos ciudadanos, gozaban de descanso con sus mujeres y sus hijos en una tierra y en unas ciuda des felices; no después de haber arrojado a Mitrídates y a Tigranes a unos desiertos inhabitables, o de haber destruído las opulentas cortes del Asia, sino después de haber hecho la guerra en la España a unos desterrados, y en la Italia a unos fugitivos. ¿Por qué no habían de descansar ya de las fatigas de la milicia? O, a lo menos, ¿por qué no reservar lo que les restaba de fuerza y de aliento para otro general para quien el mejor adorno era la riqueza de sus soldados?" Seducido con tales especies el ejército de Lúculo, no quiso seguirle contra Tigranes ni contra Mitrídates, que inmediatamente regresó al Ponto y re-
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