batalla, y si todo no se terminaba pronto y favorablemente, tomara de él la última venganza a que se ofrecía. Dícese que a Sila se le apareció entre sueños la Diosa, cuyo culto aprendieron los Romanos de los de Capadocia, llámese la Luna, o Minerva, o Belona; parecióle, pues, a Sila que colocada ésta a su cabecera le puso en la mano un rayo, y nombrándole a cada uno de sus enemigos, le decía que tirase, y que, tirando él, éstos caían y se desvanecían. Alentado con esta aparición, y dando al otro día parte de ella a su colega, se dirigió a Roma. Alcanzóle, ya en Pictas (1), un mensaje, por el que se le rogaba suspendiese en aquel punto la marcha, pues el Senado decretaría a su favor cuanto fuese justo; mas aunque dió palabra a los embajadores de que asentaría el campo, llegando hasta comunicar la orden para el acantonamiento de las tropas, como acostumbraban hacerlo los generales, con lo que aquéllos se retiraron confiados, apenas hubieron marchado, envió a Lucio Basilo y Cayo Mumio, y tomó por medio de ellos la puerta y lienzo de muralla que está sobre el monte Esquilino, y en seguida se aproximó él mismo con la mayor prontitud. Acometieron los de Basilo a la ciudad, y se hacían dueños de ella; pero el pueblo, en gran número, aunque desarmado, empezó a tirarles tejas y piedras, y los contuvo de ir adelante, obligándolos a recogerse a la muralla. En esto, ya Sila había (1) A quince millas de Roma.
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