grande el placer y la confianza que mutuamente tuvieron en vista de las fuerzas que cada uno de los dos había reunido, por cuanto, habiendo partido de la Italia comparables a los más obscuros desterrados, sin dinero, ni armas, ni un barco, ni un soldado, ni una sola ciudad de su parte, antes que hubiese pasado mas que un breve tiempo habían vuelto a juntarse disponiendo ya de tantas naves, tanta caballería e infantería y tantos fondos, que podían entrar dignamente en contienda sobre el Imperio de Roma.
XXIX.—Pensaba Casio que el honor entre ambos debía ser igual; pero le previno Bruto, siendo por lo común el que iba a buscarle, ya porque aquél le precedía en edad, y ya porque no tenía una constitución igualmente robusta para el trabajo.
La opinión que se tenía de Casio era creerle inteligente en las cosas de la guerra, pronto a la ira, de los que se hacen obedecer por el miedo, y para con los amigos y familiares, de sobra chistoso y decidor. De Bruto se refiere que era amado de la muchedumbre por su virtud, adorado de sus amigos, admirado de los buenos, y de nadie aborrecido, ni aun de los enemigos, por ser hombre de una índole sumamente benigna, magnánimo, impasible a la ira, al deleite y a la codicia, y que mantenía siempre su ánimo firme e inflexible en lo honesto y en lo justo. Sobre todo, lo que principalmente le ganó el afecto general fué la confianza que se tenía en la rectitud de sus intenciones; porque ni del mismo Pompeyo, apellidado grande, se esperaba que, si