gos y huéspedes, como dice Jenofonte, pues no los reunía en uno, procurando todavía ocultar sus preparativos, sino que tenía en muchas partes reclutadores bajo diferentes pretextos. Además, la madre, que se hallaba en la corte, cuidaba de desvanecer la sospecha del rey, y el mismo Ciro le escribía respetuosamente, ya para decirle algunas cosas, y ya para darle quejas contra Tisafernes de que tenía emulación y desavenencias con él. Entraba también cierta parte de desidia en el carácter del rey, que para los más pasaba por bondad; al principio parece que efectivamente se propuso imitar la mansedumbre del otro Artojerjes, su tocayo, mostrándose muy afable en las audiencias, y esmerándose en honrar y hacer gracia a cada uno según su clase. A los castigos les quitaba todo lo que tenían de infamantes, y en punto a dádivas, no menos placer tenía en hacerlas que en recibirlas, mostrándose en el dar placentero y benigno; y por pequeño que fuese el don, no dejaba de recibirlo con la mejor voluntad: así, habiéndole presentado un tal Omiso una granada de extremada magnitud, Por Mitra—dijo—que este hombre haría pronto de pequeña grande una ciudad si se le confiase!»» V.—En un viaje, unos le llevaban unas cosas y otros otras; y como un pobre menestral, que no encontraba qué darle, corriese al río y, cogiendo agua en las manos, se la trajese, le dió tanto gusto a Artojerjes, que le envió una ampolla de oro y mil daricos. Euclides Lacedemonio habló insolen-
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