sino que aguantaba y disimulaba. Hallábanse entre sí en esta disposición, creyendo que los demás no lo entendían; pero sucedió que Helicón de Cicico, uno de los amigos de Platón, predijo un eclipse de sol; y habiendo sucedido como lo anunció, admirado el tirano, le dió de regalo un talento de plata; y Aristipo, chanceándose con los otros filósofos, les dijo que él también tenía que anunciar un suceso extraño. Como le rogasen que lo expresara: «Anuncio—les dijo que de aquí a breve tiempo Platón y Dionisio serán enemigos.» Ello es que Dionisio vendió luego la hacienda de Dion, y se guardó el dinero, y a Platón, que tenía su habitación en el jardín de la casa, lo trasladó al cuartel de las tropas extranjeras, que muy de antemano lo aborrecían y buscaban medio de perderle a causa de que persuadía a Dionisio que abdicara la tiranía y viviera sin guardias.
XX. Estando Platón en tan gran peligro, Arquitas, que lo llegó a entender, envió al punto una embajada y una galera de treinta remos, reclamándole de Dionisio, y haciendo a éste presente que no había pasado Platón a Siracusa sino en virtud de haberlos tomado a ellos por fiadores de su seguridad. Procuraba Dionisio excusar su enemistad contra Platón con banquetes y con otros obsequios que le hacía cuando estaba para despedirle, llegando hasta prorrumpir en esta expresión: «¿Podremos temer, ¡oh Platón!, que nos hagas graves y terribles recriminaciones con tus discípulos?; a lo que, sonriéndose, «No permita Dios