mados a su remedio; porque era un horroroso saqueo el que experimentaba la ciudad, siendo muertos los hombres, derruídas las murallas y conducidas las mujeres y los niños a la ciudadela entre los mayores lamentos, pues los caudillos se habían acobardado del todo, y para nada podían servirse de los ciudadanos contra unos enemigos que por todas partes estaban ya mezclados y confundidos con ellos.
XLII.—Siendo éste el estado de las cosas, y amenazando ya el peligro a la Acradina, todos ponían la vista en el único que podía levantar sus esperanzas; pero nadie lo proponía, avergonzados de la ingratitud e indiscreción con que respecto de Dion se habían portado. Mas siendo ya urgente la necesidad, salió una voz de entre los aliados y la milicia de caballería de que se llamara a Dion y se trajera a los Peloponenses del país de los Leontinos. No bien se había adoptado esta resolución y dádose esta voz, cuando fueron comunes entre los Siracusanos las aclamaciones, el gozo y las lágrimas, rogando a los dioses por que Dion pareciese, deseando verle y recordando su valor y denuedo en los peligros, y cómo no sólo era imperturbable él mismo, sino que también a ellos les daba espíritu y los conducía impávidos a los enemigos. Enviáronle, pues, al punto de los aliados a Arcónides y Telesides y otros cinco de la caballería, entre ellos Helánico. Marcharon éstos a desempeñar su comisión corriendo a rienda suelta, y llegaron a la ciudad de los Leontinos casi al fin del