medio, en esta ocasión se lo permitió, y así, introduciéndose en su casa, en ella le dieron muerte, la que los Siracusanos manifestaron sentir mucho.
Pero Dion, disponiendo que se le hiciera un magnífico entierro, acompañando la pompa con todo el ejército, y arengándoles después, logró que se la perdonasen, por creer que no podrían dejar de ser continuas las disensiones si a un tiempo gobernaban Heráclides y Dion.
LIV. Tenía Dion un amigo en Atenas llamado Calipo, del que decía Platón que, no por gustar de la doctrina, sino por la iniciación y por ciertas amistades vulgares, se le había hecho conocido y familiar; pero él, por otro lado, no carecía de instrucción en la milicia, en la que además se había adquirido un nombre, tanto, que había sido el primero que con Dion había entrado en Siracusa coronado, y en los combates era ilustre y distinguido. Habiendo perecido en la guerra los principales y mejores amigos de Dion, y, por otra parte, quitado de en medio a Heráclides, vió que el pueblo de Siracusa había quedado sin caudillo, y que los soldados de Dion principalmente le atendían y respetaban, con lo que Calipo, el más malvado de los hombres, vino a concebir la esperanza de que la Sicilia había de ser el premio de la muerte de su huésped; aun hay quien dice que había recibido veinte talentos de los enemigos por precio de esta maldad. Corrompió, pues, y sedujo a algunos de los aliados contra Dion, valiéndose para ello de este principio sumamente perverso y astuto: VIDAS.—T. X.