porque se hubiese reconciliado con él desde aquella competencia, sino porque daba oídos a sus amigos, que le prevenían no se dejase seducir y ablandar por César, y antes huyera los agasajos y obsequios de un tirano que los prodigaba, no por hacer honor a su valor, sino para debilitar su firmeza y enervar su aliento.
VIII. No dejaba César de tener algunas sospechas, ni carecía del todo de antecedentes contra él; sólo que, si por una parte temía su carácter firme, su opinión y sus amigos, por otra confiaba en sus costumbres. Y, en primer lugar, denunciándosele que Antonio y Dolabela intentaban novedades, dijo que no le daban cuidado aquellos obesos y bien mantenidos, sino los otros descoloridos y flacos, aludiendo a Bruto y Casio. Acusando después ante él algunos a Bruto, y previniéndole que se guardara de él, se tocó el cuerpo con la mano y dijo: «¿Pues qué, os parece que Bruto no ha de esperar esta carne?»; queriendo dar a entender que después de él a nadie correspondía como a Bruto tener un poder igual al suyo; y en verdad que habría llegado a ser el primero sin disputa si, contento con ser por algún tiempo el segundo, hubiera dejado que decayera su poder y se marchitara la gloria de sus triunfos. Mas Casio, hombre iracundo y que más bien era personalmente enemigo de César que por la república enemigo del tirano, le acaloró e inflamó; dícese que Bruto llevaba a mal aquel imperio, y Casio aborrecía al emperador.
Entre las varias quejas que contra él tenía, era