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GUSTAVO ADOLFO BECQUER
Y ella prosigue alegre su camino,
Feliz, risueña, impávida; y por qué?
Porque no brota sangre de la herida...
¡Porque el muerto está en pie!
Feliz, risueña, impávida; y por qué?
Porque no brota sangre de la herida...
¡Porque el muerto está en pie!
XLVII
Yo me he asomado a las profundas simas
De la tierra y del cielo,
Y les he visto el fin o con los ojos,
O con el pensamiento.
De la tierra y del cielo,
Y les he visto el fin o con los ojos,
O con el pensamiento.
Mas jay! de un corazón llegué al abismo,
Y me incliné por verlo,
Y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!
Y me incliné por verlo,
Y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!
XLVIII
Como se arranca el hierro de una herida,
Su amor de las entrañas me arranqué,
Aunque sentí, al hacerlo, que la vida.
Me arrancaba con él.
Su amor de las entrañas me arranqué,
Aunque sentí, al hacerlo, que la vida.
Me arrancaba con él.
Del altar que la alcé en el alma mía
La voluntad su imagen arrojó,
Y la luz de la fe que én ella ardía
Ante el ara desierta se apagó.
La voluntad su imagen arrojó,
Y la luz de la fe que én ella ardía
Ante el ara desierta se apagó.
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