La misma Tribuna publicó en el número del dia siguiente al anteriormente citado:
ANASTASIO ANICETO.
Ayer publicamos la carta que nuestro amigo D. Hilario Asensubu Amiecto el Gallo dirige á nuestro amiga D. Estanislao del Campo ó Anastasio el l ollo.
Hoy publicamos á continuacion las palabras con que nuestro amigo Del Campo contesta á nuestro amigo Ascasulit. Son las siguientes:
Febrero 26 de 1809.
Sr. D. Hilario Ascasabi.
Mi querido amigo:
Si en los renglones que me dirige Vd. por la Tribuna de hoy, bubiera hallado solamente la aprubacion del maestro para los frabajos del discipulo, la habria aceptado tal vez, no porque en tal caso abrigase yo la ercencia de merecerla, sino porque en el juicio favorable de su inteligencia para mis pobres versos, habria visto un germen de estimulo para muchos de nuestros jóvenes compatriolas, que poseyendo una ries inteligencia y una brillante y natural disposicion para cultivar el género de literatura tan útil en nuestro pais, y que el renombrado ffidalgo y Vd. han inmortalizado, se abstienen de ejercitar esas dotes par un temor indisculpable baja cualquier punto de vista.
Pero no es solamente la aprobacion para mis humildes versos la que Vd. me envia en el diario de hoy.
Vd., generosa amigo, hace una transmisiou en favor mio de los justos elogios que á sus bellas é ingeniosas producciones tributo el ilustre y malogrado Dr. Varela.
Vd. arranca de sus hombros las doradas charreteras del viejo general, para adornar con ellas los juveniles y débiles del cadete.
Vd. arranca de la sien taurenta del Vate de la lampa lu vies cornua que le eiñó el genio, para adornar con ella la humilde frente del pobre versista.
Mas bien dicho Vd. ofrece al débil y deslucido Pollo, las aguilas paas y el elegante plumage del arrogante Gallo.
No, querido amigo: no puedo ni debe aceptar las palabras de Varela, que Vd. me transfiere.
Queden ellas en la Tribuna de hoy despertanto en la imaginaeion de dos Repúblicas el nual dormido recuerdo de las anchas brechas, que la bateria gloriosa de Paulino Lucero abrió en los baluartes que la tirania levantó en ambas márgenes del Plata.